viernes, 1 de mayo de 2015

Tradición de aserrador

Publicado por Alba Pérez Cortes en 21:00
Vista del aserradero José Pérez Estévez.


En un pueblo ourensano de cuyo nombre sí quiero acordarme, Padrenda, mi abuelo Pepe allá por el año 58 comenzaba a construir un aserradero que con mucho esfuerzo situaría en primera línea de competencia en la provincia. 

José Pérez Estévez, ese hombre que se levantaba al alba para poner en marcha toda la maquinaria sin que esto supiese un problema para él porque era un apasionado del trabajo a pesar de que su corazón no funcionaba a su misma marcha, luchó para construir un aserradero cuyo valor sería el trato próximo a los clientes, la rapidez en la entrega y un precio acorde con el trabajo empleado. Año tras año fue ganando clientes en la zona que le ayudaron a poder cerrar tratos con empresas mayores en todo el territorio gallego. Su esfuerzo y tesón a la hora de trabajar contagió a toda la familia pero en especial a su hijo mayor, mi padre, quien decidió ponerse a sus órdenes cuando era muy joven para ahora, tras su muerte, poder continuar con su legado. 

El Aserradero José Pérez Estévez contaba con tres empleados contando con mi abuelo. A parte de mi padre y mi abuelo, en la empresa siempre hubo un empleado que no pertenecía a la familia aunque no siempre fue el mismo. El jefe nunca se vio obligado a echar a nadie ya que los empleados se iban cuando creían que ya no podían con las tareas. No todos soportan la carga de los troncos día tras día. Además, hay que tener en cuenta que en un pueblo normalmente la gente prefiere montar su propia industria a tener que estar bajo las órdenes de un vecino. Sin embargo, la gran cantidad de trabajadores que pasaron por la fábrica nunca hicieron que fuese un problema, todo lo contrario.

La empresa está especializada en la venta de tablas, troncos, rabos, tablones, casta y serrín lo que reporta unos beneficios aproximados de 3.200 euros y cuyas ventas rondan los diez camiones al mes. 
Desde pequeña vi como llegaban los camiones de Ourense capital, mayormente, para ser cargados con los palés que mi padre introducía con el tractor. Mi padre era el “conductor” en la empresa. Cargaba los camiones que viajaban a la capital, así como el propio tractor con los troncos que obtenían de los montes de la zona. Los empleados ayudaban tanto a Ricardo como a Pepe a quitarle la corteza de los troncos, distribuir las tablas según el tamaño o destino y montar el palé. Mi madre, Susana Cortes Mariño, por su parte llevaba la parte de contabilidad y ayudaba también tomando nota de la medida de las tablas y la cantidad que viajaba en cada camión. Montar los palés se convertía en la tarea más divertida por lo que los sábados ayudaba a mi madre a anotar o a mi padre poniendo los rabos que separaban cada fila de tablas. Este cometido me llevó a sentir la pasión por los números y la contabilidad.  

Ricardo Pérez Marquina, es el segundo héroe de esta empresa. Mi padre cambió los estudios por las máquinas con tan solo 16 años, así fue como al lado de mi abuelo fue adquiriendo experiencia. Continuó con el aserradero a pesar de que la crisis empezó a hacer mella en la industria y de sus aparatosas caídas. Siempre ha pensado en el trabajo por encima de su propia salud. Así lo documenta una anécdota en la que la carroceta que empleaba en los montes de complicado acceso comenzó a descender sin tener el freno puesto, sin dudarlo mi padre que justo en ese momento había bajado del vehículo decidió correr y subir a galope para poder frenarla pero la ladera hizo que la carroceta volcase encima de él. Tuvieron que operarle brazo introduciéndole hierros para que pudiese recuperar su movilidad. Pero poco a poco las ventas descendieron y las esperas en el cobro no ayudaban a mantener a los empleados por lo que mi padre decidió comenzar a tirar del carro él solo. “Tenemos que pagar al momento a los proveedores, sin embargo, para cobrar esperamos seis meses”, explica. Con una industria maderera cada vez más competitiva en la que los empresarios juegan a bajar los precios para ganar clientes Ricardo continúa siendo fiel a la filosofía que su padre le transmitió: ofrecer buena calidad al precio justo. A la larga los clientes se dan cuenta de que les sale más rentable comprar buena madera que ahorrar unos céntimos. 

“Un corazón y un brazo de hierro” han permitido que el Aserradero de Padrenda siga sonando con la misma marcha que antaño. 


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